DEL HOMBRE AL MONSTRUO:
el espectáculo del poder al que asistimos y compramos las entradas.
XXIV Perorata por la necesidad de un
cambio necesario.
José Gregorio Palencia Colmenares.
Escritor, poeta, conferencista y
articulista de medios.
“Paren el mundo… y bajémonos, antes de
que no quede nadie que recuerde lo que fuimos.”
La frase que uso de epígrafe en esta
entrega, es solo una variante de una frase muy famosa en las décadas sesenta y setenta.
La cual decía: “Paren el mundo que me quiero bajar” que en algún momento muchos
la atribuyeron a Mafalda, sin embargo, el propio Quino lo desmintió. En
realidad, su origen más probable es una comedia musical británica de los años
60 llamada “Stop the World I Want to Get Off”, escrita por Leslie Bricusse y
Anthony Newley. El personaje principal, Littlechap, usaba esa frase cada vez
que algo en su vida se volvía insoportable.
Usar el adjetivo, "Insoportable",
tampoco es un acto casual, es la descripción exactamente dimensionada para
describir en conciencia, cuando algo se nos hace intolerable o extremadamente
desagradable por su carga de angustia emocional.
Vivimos tiempos de paradojas feroces: el
horror se transmite en vivo, la tragedia se viraliza, la deshumanización se
maquilla con discursos de orden. Y mientras el mundo tambalea en guerras que se
repiten con nuevos acentos, nosotros, público disciplinado, seguimos ocupando
nuestras butacas en el gran teatro del absurdo del poder. Mientras aplaudimos
las bombas envueltas en palabras, justificamos lo injustificable, y hasta
pedimos “otra función”.
Ciertamente debo confesar que como ser
humano, cada pensamiento, sentimiento y cada palabra que pronuncio, no es más
que una derivación de mi realidad, y que el mundo difiere de esta catastrófica
visión, en una perfecta armonía.
En cada amanecer, al despertar, como
rehén, me introduzco por efecto de cualquier medio de información o
desinformación, en una visión de imagen catastrofista que no
me suelta: Es una escalera en la que un ser humano inicia un descenso
inevitable. En cada peldaño, se desprende de algo esencial, la mirada, la voz,
la compasión, y se va volviendo irreconocible en una transfiguración hacia una
bestia. Que, despojándose de su carne, de su conciencia, al llegar al último
escalón, ya no hay hombre, ni identidad, para quedar como despojo, un
esqueleto.
¿Es metáfora o realidad? ¿Somos
espectadores… o parte del elenco?
Este texto nace desde esa inquietud que
no se calma ni se calla.
Quiero pensar que es una pesadilla
personal; y no el reflejo amargo de un tiempo que parece abandonar toda
pretensión de humanidad.
Los eventos en el Medio Oriente, las
guerras silenciadas en otras geografías, los discursos vacíos de quienes
deberían custodiar la paz, parecen confirmar que hemos entrado en un descenso
colectivo. Pero, ¿de qué está hecha esa escalera que nos arrastra?
La escalera, en tantas tradiciones, ha
representado el ascenso espiritual, la búsqueda de lo divino o del
conocimiento. Pero esta escalera no sube; baja. Y al bajar, no libera, sino que
degrada.
En la obra “Hojas de hierba", de Walt
Whitman, expone su visión trascendentalista, la cual expresa la conexión entre
humanidad, la naturaleza, y el poder del individuo como agentes de cambio.
Existe una frase que dice: "Los
poetas estamos predestinados a salvar al mundo". Es una idea poética y
metafórica que sugiere el poder de la poesía para transformar la realidad y
generar cambios positivos en la sociedad. En mi criterio, esa visión reducida
hacia la poesía, no es correcta, ya que, en definitiva, esa responsabilidad es
atribuible a las artes, para la cual les tengo certeras referencias.
Al amanecer, al despertar veo una
sociedad que como Gregorio Samsa en “La metamorfosis” de Kafka, que se va
transformando de humanidad a otra cosa: un cuerpo que ya no encaja, una
criatura incapaz de comunicar su dolor. Pero a diferencia de Samsa, que es
víctima involuntaria de su mutación, nosotros parecemos elegirla. Preferimos, la
sinrazón a la racionalidad, el cinismo a la ternura, es una fábula del absurdo,
y una advertencia: cuando dejamos de sentir empatía por el otro, nos
convertimos en monstruos por elección.
Otro ejemplo de la literatura es la “Divina
Comedia de Dante”, cada peldaño que descendemos, es un círculo de pérdida
moral. Mientras que, en las bellas artes, la pintura en los lienzos de El Bosco,
cada paso abandona la razón y abraza lo grotesco. Goya, en su cuadro “Saturno
devorando a su hijo”, nos muestra ese punto sin retorno: el poder que destruye
lo que debía proteger. ¿No estamos asistiendo, una vez más, a esa escena brutal
donde las grandes potencias, temiendo perder el control, devoran a sus propios
pueblos?
En ese descenso, el rostro humano se va
distorsionando. Ya no hay empatía, ni duda, ni asombro. Solo interés, cálculo,
miedo.
¿Cuántas veces hemos tenido que gritar
que aún somos humanos solo para recordarlo?
Al final de la escalera no hay victoria,
solo despojos. Un esqueleto no tiene rostro ni memoria. Es la última etapa de
la deshumanización: cuando ya no queda siquiera la máscara. Pero quizás ese
esqueleto pueda hablarnos, desde su silencio. Quizás sea la advertencia que aún
podemos escuchar.
No todo está perdido, si aún somos
capaces de estremecernos ante la miseria y la irracionalidad. En el arte, la
pintura, la poesía, estará la memoria como peldaños de retorno. El ultimo ser
humano que desciende, también pueda detenerse, mirar atrás, recordar lo que
fue.
Porque cada escalón es una decisión. Y
si bien es más fácil dejarse arrastrar, también es posible resistir. Desde lo
pequeño, desde lo local, desde lo íntimo.
Esa es la tarea.
Sean felices, que es gratis.
Paz y bien.
Desde “La Gruta”, en el día de San
Josemaría Escrivá Balaguer, quien creo una doctrina basada en el individualismo,
muy contraria a la Teoría de la liberación, por su compromiso social con los
pobres, del dos mil veinticinco.


