"Se mide la inteligencia del individuo por
la cantidad de incertidumbres que es capaz de soportar.”
Immanuel Kant.
En más de una oportunidad, he referido
que, como hombre de esta época, siento orgullo de haber participado como
testigo, de esta historia de Venezuela y de venezolanos extraordinarios.
Una época repleta de eventos
inimaginables para otros lares del mundo, pero no para nuestro país y nuestra
gente, que, con solo, un poco más de quinientos años, desde el encuentro con
los europeos, ya en más de una oportunidad hemos asistido, ocupando puestos en
la vanguardia, de épocas transformadoras para la humanidad.
Si a estos dígitos totales, le restamos a
la ecuación los trescientos años antes de la independencia, solo queda una
pequeña porción de reloj, por no decir mínima, de nuestra presencia como
república en el mundo de las naciones.
Hago de manera exprofesa, esta relación
de tiempo, para ubicar el contexto de lo que quiero reflexionar en esta
oportunidad.
Si en este ejercicio de espacio y lugar,
necesitamos encontrar a dos hombres que nos identifiquen por la importancia de
sus acciones, sin duda alguna que por los eventos que ya se hicieron historia,
sin ningún tipo de mezquindad, tendríamos que seleccionar a Simón Bolívar el
Padre de la Patria y a Hugo Chávez el Comandante Supremo.
Este reconocimiento no es gratuito, ni
siquiera injustificado, pues allí están, aún en este momento desarrollando
situaciones en el mundo que lo demuestran.
Ambos tuvieron la dicha de nacer, vivir y
morir en épocas de profundas transformaciones mundiales y ambos fueron
protagonistas.
Tampoco es mi interés, propiciar un
proceso de revisión de sus actuaciones, las cuales, como seres humanos,
tuvieron las calificaciones de erradas o acertadas conforme a cada una de sus
circunstancias comprobables hoy con el tiempo.
Otra realidad inobjetable es que luego de
cada uno de sus decesos, el país quedo sumergido en escenarios de sentimientos,
representados por la impronta de su notable ausencia.
Nuestra vida cotidiana y por tanto
nuestra historia acumulada, está signada por elementos del cual nos es
imposible escapar; la incertidumbre y la impermanencia. Es allí donde como
seres pensantes debemos asumir los riesgos y consecuencias de nuestras
decisiones.
Como dije anteriormente, esta opinión fue
solo para colocar el contexto de este artículo y cuando mencioné que tuve la
dicha de estar presente, es que fue así de manera literal.
En una oportunidad, como lo he referido
en otras ocasiones, tuve la fortuna de estar en un salón de Miraflores, por
invitación de unos amigos del señor Presidente de la República. Solo duró una
hora, entre las doce y la una de la mañana. Fue de sábado para domingo, ya que
muy temprano saldría a Colombia para discutir con Uribe lo del oleoducto de la
guajira.
Fue una conversación entre amigos, el que
más habló; fue él.
En ella, estuvo interesado siempre en las
cosas básicas de la vida de sus amigos, la familia, la salud, la vivienda de
aquellos humildes del pueblo, solo que estos eran los integrantes que
conformaron la primera célula rebelde de esa revolución, como él mismo lo dijo;
eran los soldados del Ejército Bolivariano
de Liberación del Pueblo de Venezuela EBLPV, pero eso es otra historia y
se las contare otro día.
En esta reunión, dejó ver al hombre y sus
circunstancias. Cuando en modo de hacer entender a sus amigos cómo se llega a
ser gobierno, sin ser poder, tomó un pedazo de papel en el cual dibujó una
torta, era amante de explicar las cosas casi que con plastilina.
Dijo que, para estar sentado allí, tuvo
que meter en esa torta dos grupos de personas que representaban fuerzas de
poder, muy antagónicas.
Pico la torta por la mitad, luego la
volvió a picar por la mitad y la torta se convirtió en cuatro pedazos. Estos
dos grupos iniciales se convirtieron en cuatro grupos, ambos contenían dentro
de sí, a radicales que pedían la destrucción total del modelo que existía, y
gatopardianos, solicitando que todo cambie para que nada cambie, fue su
expresión.
Sin ellos no era posible llegar hasta
acá, pero para eso tuve que tragar arena, ninguna de esas opciones será
posible, Venezuela debe encontrar su propio camino, sentenció.
Hoy me pregunto por el valor de ese
dibujo, donde iría a parar aquel papel con el dibujo de la torta de Chávez.
Las circunstancias en cada momento
histórico nunca serán las mismas, pensarlo es una negación de la evolución en
todos los aspectos de la humanidad. Los hombres tampoco lo serán, por tanto,
con las decisiones ocurrirá lo mismo.
Sin lugar a dudas, desde su asunción al
poder el ciudadano Presidente está tomando las suyas, también sé, que en cuanto
a estas no todos tendremos las mismas opiniones, esa es una imposición de
nuestra condición de humanidad, sin embargo; los que tenemos aspiraciones como
venezolanos, a vivir en una sociedad distinta, en un mundo distinto, con
valores residenciados en la virtud, debemos mirar al hombre que designó
Chávez, con los valores que predicó, con las líneas que nos dibujó, pero en la
comprensión absoluta de que principalmente es un ser humano.
Hoy maniobra en un mundo convulso, que
trepida y se estremece, con cada segundo comprometido, en una realidad ni
siquiera imaginada, lo que sin duda debe estarle generando sus propias
circunstancias e incertidumbres.
Yo, como venezolano de bien, coloco el
hombro con cada una de mis acciones cotidianas, lo cual nos regalaría, en suma,
con las de los demás, un mundo más ameno.
Mientras tanto, como militante de este
proceso de transformación, solo aspiro que el presidente Nicolás Maduro, con
cada una de sus acciones, logre colocar la guinda del éxito en este difícil y
tortuoso proyecto.
Recuerden ser felices, es gratis.
Paz y bien.


