“La izquierda tiene su ala derecha, la derecha
tiene su ala izquierda. Oigo murmullos de alas, pero sé que ningún pájaro se elevara
por los aires”.
Citar a un premio nobel de literatura para iniciar esta conversa
unilateral de este día, no es casualidad, ò pudiera interpretarse como la vana
intención de colocar un reflejo de intelectualidad en mí, lo que, en sí ya es
bastante sospechoso como siempre lo denuncio. Puedo mencionar que la intención
es precisa, casi artera diría yo. Ya que el prenombrado ciudadano, era un alemán
que vivió los horrores de la guerra que su país le declaro al mundo y luego de
sobrevivirla, tuvo la oportunidad de escribir en lo que se llamó la época de la
literatura de los escombros o literatura alemana de la post guerra. Que, según
los criterios de la academia en 1972, mereció este reconocimiento por su capacidad
de presentar en sus obras una amplia perspectiva de su tiempo, además poseer
una habilidad sensible para su caracterización.
Como todo en esta vida, se puede estar de acuerdo o no con la visión
presentada en las obras del autor, pero el punto es que nosotros la gran
mayoría de los venezolanos, hoy estamos saliendo, este es mi criterio personal,
de una situación muy difícil, solo comparable con un escenario con
características parecidas a haber asistido a una conflagración de grandes
proporciones. Solo falta la destrucción física de la infraestructura, producto
del uso de las armas de guerra en el paisaje cotidiano de nuestras ciudades, lo
que en realidad es lo menos significativo. En todo lo demás esta de manifiesto.
Nuestras familias, nuestra economía y las estructuras que transversaliza,
afectando gravemente nuestro estado de bienestar y las actividades elementales
como seres humanos. Esas son las consecuencias fundamentales de una guerra.
También sería una candidez imperdonable, pensar que en esta oportunidad
hubo como secuela final de este enfrentamiento, consecuencias absolutas para
alguna de las partes., nada más alejado de la verdad. O que acá solo se estaban
enfrentando visiones o intereses meramente venezolanos, esa es otra cosa que
tampoco es verdad.
Lo que, si es una realidad, y este es mi llamado de atención, cuando
traigo a colación el pensamiento del escritor alemán, es que a pesar de las
consecuencias derivadas de estas pugnas y cuando algunos de los responsables de
las mismas hacen esfuerzos en favor del entendimiento para resolver los más
elementales problemas de nuestro país, sin necesidad de renunciar a sus
principios o visiones, existe un minúsculo grupo en ambas partes, que pretender
continuar la prolongación del conflicto.
La estridencia, los epítetos, las descalificaciones escandalosas están en
la orden del día. Es la agenda de algunos pocos hermanos nuestros que, aun
concediéndoles el derecho de expresar sus opiniones, al parecer desdeñan el
valor de la concordia y el entendimiento que debe existir necesariamente entre
nosotros. Que además agrega un excelente aporte en el desarrollo de una
actividad tan interesante como la política.
Esta situación parece ser inevitable por aquello de que de todo hay en la
viña del Señor. Es por eso mi llamado de alerta. Debemos estar atentos, la gran
mayoría de los venezolanos amantes de la paz, aun en nuestras diferencias, a
tratar de evitar sucumbir a toda acción que nos aleje de nuestros más profundos
anhelos. De esos sentimientos que nos diferencian de las bestias y nos hacen más
humanos.
Esta reflexión me lleva a mis días juveniles, cuando estaba aún en la
Armada. Me encontraba en la mitad de la nada, pero para la visión de algunos,
en el centro de todo.
En el punto más occidental de nuestra patria. En La Goajira, Castillete
en donde se encuentra el Hito número uno. Al frente la inmensidad de nuestro
mar y a un costado el libérrimo sonido del ondear de nuestro Pabellón Nacional.
Es un lugar extraordinario.
No me encontraba solo. Conmigo estaba un ser de mediana estatura, muy
delgado, ataviado con un guayuco y sobre su cabeza un sombrero típico de su
etnia, la piel curtida por el sol y la arena muy arrugada por los años, era una
persona con mucha ascendencia en su comunidad. A su solicitud le hable de mi
trabajo allí, de los límites de Venezuela y Colombia.
A mi explicación respondió: - Yo soy Wayuu.
Yo insistía en hacerle ver lo importante de mi trabajo en ese lugar y su
gran utilidad. De repente guardo silencio por largo rato, tanto que yo pare de
hablar y dijo algo en su lengua originaria, muy pausadamente. Cuando termino le
pedí por favor que me dijera que significaba y me respondió:
“Aquellos que saben, creen en eso. Aquellos que nada saben, no lo creen.
Nosotros, los que venimos de allí, sabemos y creemos”
Era la respuesta final del representante de una raza que ha permanecido
invariablemente en ese lugar, desde mucho antes que llegaran los colonizadores.
Recuerden que ser felices es gratis.
Paz y bien.
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