lunes, 24 de enero de 2022

INMARCESIBLE NOSTALGIA.


Tocan a la puerta, dice el inicio de una melodía que me envio un gran amigo compañero de travesías y de sueños navales, con quien estoy compartiendo criterios para una posible producción audiovisual. Solo basto que pulsara la tecla que da inicio a la reproducción del archivo de audio para que la imperturbabilidad de mis emociones se desgarrara como una vela en el mástil de un catamarán,  producto de la impericia de un inexperto marinero, por los azotes de un gran viento de una hermosa, pero fatídica tormenta. Una vez vencida sobre la cubierta, entraron por sus heridas aun sangrantes, como demonios todos los recuerdos una vida lejana en el tiempo,  a copular enfurecidamente en la cubierta acerada de mi pretendida indoblegable tristeza. Solo para recordarme que a decir del gran escritor italiano Gesualdo Bufalino “Es peligroso entrar sin látigo a la jaula de los recuerdos, muerden”. Solo que como argumento a mi defensa debo decir que en esta oportunidad me lanzaron desprevenidamente sobre el pavimento. En un momento, como un influjo de magia se hiso presente lo efímero para destrozar lo que imaginaba perenne. Cada letra y nota de esta canción trajo a mi nefelibata condición hasta tu inmaculado perfume, de esos que comprabas en los duty free de los aeropuertos internacionales en tus viajes donde te desempeñabas de sobrecargo.  Son muchos años ya de tu partida sin despedida y tú más que nadie lo sabes. Porque me gusta creer que desde la eternidad, desde ese primer dia podías verme en la esperanza de tu regreso. Nuca paso. Luego y por intermedio de un amigo después de casi veinte años me entere de la razón. Fue cuando como un viejo hechicero construí una novela y le coloque tu nombre “MARGARITA” a favor de tu recuerdo, como una manera de conjurar tantos años de nostalgia. Ahora veo que funciono porque un instante después te volví a ver con mis ojos abiertos, tus siempre iluminados ojos negros, tu hermosa y perfecta sonrisa, Cerré los ojos para besarte mientras mis manos se hundían en el fregadero para seguir lavando los platos en la incomparable y cómplice soledad de “La Gruta”.





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