lunes, 10 de enero de 2022

ESTAS ALLI. Carta para una amiga. Si fuera su caso también es para usted en el día de San Valentín.


“Quien no sabe amar, merece sufrir”

José Gregorio Palencia Colmenares

(O lo que queda de él)

 

Al fin estas sentada allí y puedo verte, la sutileza del olor de tu fragancia me envuelve con ternura, con lo que me convenzo de que estas allí y puedo olerte. Miro tus hermosas manos donde veo reflejada la memoria del tiempo, la laboriosidad permanente y la dignidad de los años, mostrando para mí una lozanía imaginada. En tus pequeños ojos puedo ver el destello de la alegría que desde hace tiempo te está siendo esquiva, en una prolongada existencia de un ahora marcado por el dolor estoico y callado. Mientras, doy gracias a mi Dios y a ti por el permitido momento para conmigo; mis huesos crujen de dolor y rabia porque te siento plenamente, mientras traspaso con mi entrometido ser, tu desprevenida alma. Y me duele.

Muero de dolor al ver desvanecer la vida de tu idónea semilla, en el suelo infecundo de la espera eterna y deshumana, en la promesa de un amor que dijo para despedirse,  pronto regreso.

Mientras apenas escucho la imperceptible confesión de tus angustias, miro delante de mí, una pertinaz llovizna de imágenes tuyas como mariposas en vuelo, proyectadas en mi inmisericorde memoria. Tu imagen retratada en hermosos lugares y con esplendorosa sonrisa que inmediatamente se convierten en rubrica constancia de un auto infligido modo de sobrevivencia, en una realidad sostenida en la fe por tu Dios, que en oportunidades me parece que se olvido de ti, y la fidelidad a un amor que un día se marcho en un sombrío navío, en búsqueda de un anunciado he imaginado alivio, mientras te dejo en aquel escarpado acantilado, golpeado por un mar furioso, mirando el horizonte infinito, anhelando desde el primer día el ansiado pero evasivo reencuentro.

Estas justo ahora aquí conmigo, junto a mí. Protegida de mis locas apetencias por tu recato y el distanciamiento social obligatorio,  te reconozco en otros rostros que recorren las desoladas calles de mi ciudad, con la misma sonrisa que apesta a mentira mientras saludas con educación y gentileza a quienes te encuentras en tu camino. Educación acumulada en títulos por años de dedicación y esfuerzo  y que hoy se redujeron a la nada, porque no sirven para cubrir ni tu hambre, ni tu piel desnuda, ni tu alma donde hace rato se instalo a residir la soledad.

Caminas y saludas. Saludas y sonríes. Es la repetición absurda de un mantra automático que no alcanza para aliviar el próximo paso, que sabes te llevara donde vayas y allí te encontraras con quien te acompaño en tu recorrido por el camino terroso de esta amarga ausencia.

Aunque esta carta es para ti, te puedes llamar Rosa, Petra o Juana.

Están en Facebook, Instagram o Twitter, viven en la cuadra de mi barrio, transitan el asfalto caliente de las calles de mi pueblo, van al mercado cargando las bolsas repletas de necesidad que hoy ni mañana serán cubiertas, en mitad de una flexibilización decretada en la nueva normalidad a las que nos condeno a malvivir un enemigo que no podemos ver.

Luchas, resistes y sobrevives cada segundo, minutos horas y días. Luchas como lo has hecho siempre, toda la vida. Porque para ti eso de vida nunca ha sido fácil. Solo que ahora la esperanza esta difusa en la irremediable incertidumbre de siempre, pero que ahora le dio la gana de disfrazarse de un sentimiento de infinidad.

Mientras tanto yo te escribo. Y lo hago desde el único lugar que late sin dar espacio al reposo hasta hoy por fortuna. Desde el único lugar iluminado en el alma oscura de este ser repleto de inutilidad absoluta. Lo hago desde mi amor que te siente y padece, se rompe y desmorona al presenciar el inexorable aniquilamiento de tus días. Ya que son iguales en su propósito a los míos, porque al verte como ya dije, lloro de rabia, dolor y de tristeza, porque me gustaría cambiar en algo tu destino, hacerlo mío en la creencia de que al compartirlo algo aliviaría para ti.

A mis tantos muchos noviembres estoy consciente que este suceder de días, es un conteo que desde el inicio ya es finito. Que se deposita gangrenosamente en el repitiente contenedor de mis años ya vividos. En un proceso que se destila gota a gota en el alambique de mi vida, y que transita el recorrido milimétrico de las horas desde el comienzo hasta el final con la certeza ineludible de extinguirse.

Como tonto e inútil consuelo te escribo mi querida amiga, también a Rosa, Petra y a Juana, lo hago desde la arena del coliseo mientras espero temeroso la aparición terrorífica en el redondel, de las carretas tiradas de briosos caballos o la aparición de manadas de leones hambrientos de mi despojos.

Te escribo por la razón más simple y humana que se me ocurre en esta mañana de febrero y ante la ausencia de otra cosa más importante para hacer, te escribo solo para confesarte nuevamente que te amo.

Feliz día de San Valentín.

 

En “La Gruta” en el día de SS. Saturnino y compañeros, mártires de Abinete en Africa. Fueron 49, solo seis más que los desaparecidos de Ayotzinapa, por haber participado en la misa del día domingo. Uno de ellos resistiendo la tortura sin renunciar a su fe, ante la pregunta de por qué razón lo hicieron respondió.”Sine domenico non possumus” y murió.




 

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