La vida nuestra, la de cada uno de nosotros, según mi creencia y nacida de mi propia experiencia está muy colmada de lo que yo denomino elementos simbólicos. No voy a desarrollar en esta oportunidad una narrativa de cómo la mayoría de estos son inducidos por intereses y a través de métodos diversos que obedecen a elementos ajenos de nuestros reales beneficios. No. En esta oportunidad quiero referirme a los que como por arte de magia se colocan frente a nosotros para que los observemos y los convirtamos en la estructura de acciones que nos permitan lograr objetivos grandes o pequeños que nos incorporen un punto más de lo que llamamos satisfacción en la línea aparente perceptible de la felicidad. Según lo anteriormente expresado, a mi parecer, es como cuando el llanero antes de salir a la sabana mira el cielo infinito buscando señales que le permitan con la correcta lectura, aproximarse a lo que sería un pronóstico meteorológico empírico pero que sin duda le ayudara en su planificación para las faenas del día. Solo que en ciertos casos no salimos a buscarlos, hay que estar atentos para percatarnos cuando hacen su mágica aparición. Este comentario lo hago porque en la actualidad, estoy observando con mucha claridad estas señales, no fue una señal única, fue un cumulo de ellas que cada una en su justa dimensión fueron colocándose y encajándose en un hermoso rompecabezas, las cuales con la interpretación correcta me llevaron al logro de un objetivo aparentemente pequeño, pero que en esencia es por si algo muy grande en su dimensión de propósito.
También debo mencionar que estoy convencido que la presencia de esos
hitos simbólicos, de esas manifestaciones mágicas no son producto de la
casualidad, al contrario, son la consecuencia de nuestras acciones, de los
niveles de compromiso en la conjugación de valores etéreos pero de muy fuerte
presencia cuando lo internalizamos en nuestra vida y lo volcamos
inmisericordemente a nuestro entorno. Recibe
lo que das, es una máxima de vida, sin que necesariamente se aplique como
en la práctica del Cuid pro cuo, que
en definitiva está alejado de lo que aquí me refiero. Se trata de que el
tránsito de nuestra vida lo debemos hacer en el ejercicio de las buenas
prácticas de la convivencia, principalmente en la declaración y acción sin
vacilaciones del amor al otro, el respeto, el reconocimiento de los valores de
los demás. Solo así estarás en un estado de alerta permanente para su práctica
y observancia, entonces también los veras aparecer ante ti y para ti como por
arte de magia en cada oportunidad.
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