¡La palabra! La bendita palabra.
Es la magia que conjura el
temor ante el irremediable acecho de la
muerte. Es la coraza liviana, sutil, transparente que nos cubre de una
distinguida y perdurable valentía que no nos abandona en tan aciago momento, y que
nos permite mirarla directo a los ojos oscuros de tiburón asesino y burlarnos
de ella hasta con cierto regocijo. De retarla y hacerle saber a nuestra manera
lo insignificante que es, cuando hemos vivido nuestros sueños y logrado
nuestros anhelos. No fueron pomposas hazañas, por el contrario, solo modestos
pero inconmensurables hitos, al que llegamos con plenitud de conciencia hasta
en la inconsciencia. Besamos a quien quisimos. Y en cada beso nos entregaron labios
repletos de amorosa libertad. Libertad de aceptarlos como venían con ternura o
con lujuria, con verdad o con mentira pero besos al fin. Vimos cosas que otros
no verán jamás, porque las vimos con nuestros ojos y con nuestras miradas. Tocamos
pieles de pétalos de rosas e introdujimos hasta los alvéolos la fragancia de la
tierra mojada. Lucimos camisas bien planchadas que terminaban siempre abatidas
al viento, nos apretaron los zapatos después de caminar pasos irrepetibles y
aun sonreímos al final del camino. Escuchamos la sinfonía de la vida entonadas
por las aves, por sirenas marinas, de ambulancias o policías. Me arropo el
dolor por lo que no merecía ser perdido, que en mi tiempo era nunca. Mortajas
infinitas de angustias adelantaron siempre a la incertidumbre en una estúpida
negación a lo impérenme de las cosas, todas ellas. Tuve celos, lo que es solo
miedo, sin embargo ame en todos los tiempos y a todas las gentes, incluyendo a
las que se lo merecían. Ahora sé que estoy indefenso ante tu presencia como
tantas veces, que ya, hasta se me hace aburrido. Me muestras todos tus horrendos
símbolos que han martirizados la humanidad desde el primer día de su
existencia. Pretendes que me reduzca al último elemento del miedo para
satisfacer tus babosos instintos. Pero sabes que. Yo tengo un pana al que los
demás le dicen Dios. El sostiene mi mano sutilmente, pero con fortaleza. No me
toca y me envuelve. Siempre estuvo a mi lado, aún cuando no estaba a gusto con
mis acciones. Y el cumulo de estas son la sumatoria en la totalidad de mi vida.
Estás aquí. Puedo ver tu sombría e perniciosa figura. Apestas a soledad y a
olvidó. Te puedes marchar hoy sin mí o dejarme, tampoco esta vez habrá
diferencia ninguna, porque en resumen ya yo soy un bonito recuerdo en la
memoria de alguien, solo con uno me basta, y a ti hace rato te estaba
esperando.
Ante el valiente escrito titulado “TENGO ESE VIRUS ENDEMONIADO” , escrito por el periodista venezolano José Luis Zambrano quien murió en Chile como uno más de la estadística del Covid 19.
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